am/pm se complace en presentar a partir de hoy a Juan Carlos González A. prestigioso crítico y columnista de cine.

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Foto archivo

Columnista de cine del periódico El Tiempo desde 2001, crítico de cine del suplemento “Generación” del periódico El Colombiano y de la Revista Universidad de Antioquia; colaborador habitual de las revistas Arcadia y El Malpensante. Actual editor de la revista Kinetoscopio, publicación a la que está vinculado desde 1993. Ha escrito para El Espectador, El mundo, Gatopardo, Gente, SOHO, Caras y Número.

Dirige el cineclub de la Universidad EAFIT desde el año 2000. Es Autor de los libros François Truffaut: una vida hecha cine (2005), Elogio de lo imperfecto, el cine de Billy Wilder (2008), Grandes del cine (2011) e Imágenes escritas, obras maestras del cine (2014).

Es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) desde agosto de 2013.

MANK, DE DAVID FINCHER

El guionista tiene algo nuevo que escribir, y ese algo no consiste en palabras, sino en imágenes”
-Orson Welles

En uno de los parlamentos más citados de Sunset Boulevard (1950), el protagonista –un guionista llamado Joe Gillis (William Holden)- dice, “la gente no sabe que existimos los guionistas. Creen que los actores inventan sus diálogos según hablan”. Eso lo tenía claro Billy Wilder, que junto a Charles Brackett fue el autor de ese guion, así como lo fue de todos los filmes que dirigió en su carrera. El director Fernando Trueba también lo sabe: “Tradicionalmente, el guionista ha sido la figura más maltratada de toda la cadena de personas que intervienen en la fabricación de una película. Probablemente, lo que los demás no le perdonan es ser el primero, el padre –y la madre- de la criatura, y esta realidad es demasiado cruda para poder ser digerida por el resto de los egos involucrados” (1). Nadie recuerda al guionista de los filmes que disfrutó, su trabajo –tal como o anotaba Wilder- parece invisible. “El sistema de los grandes estudios de cine hacía que los escritores de cine se sintieran, con frecuencia, como ciudadanos de segunda clase” (2), reitera Orson Welles.

Una de las cosas más valiosas de Mank (2020), dirigida por David Fincher, es que su protagonista es un guionista genial, uno que coescribió –corriendo todos los riesgos posibles, incluyendo el desprestigio, el ostracismo laboral y la ruina económica- una de las películas que ya hace décadas no es un filme sino un mito, Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), el debut de Welles en el cine. ¿Su nombre? Herman J. Mankiewicz.

Nacido en Nueva York en 1897 –hijo de inmigrantes judío alemanes- se graduó de la Universidad de Columbia en 1917 y se hizo corresponsal del Chicago Tribune en Berlín durante los años veinte. Al volver a Estados Unidos se vinculó a reconocidos medios escritos de Nueva York como reportero y crítico teatral, y posteriormente el productor Walter Wanger le ofreció irse a Hollywood como guionista y escritor de intertítulos de las películas mudas. A finales de 1927 ya era el jefe del departamento de guiones de la Paramount. Alcohólico, apostador y de un ingenio verbal incomparable, Mankiewicz se fue haciendo un lugar en los círculos de poder de la industria del cine, algo impensado para un guionista. Por eso fue testigo de demasiadas cosas, quizá demasiadas para su propio bien, considerando sus rasgos autodestructivos.

Mank rinde homenaje a todo ese talento que había en Hollywood en esos momentos. En un flashback inicial, la película nos lleva a 1930, cuando el escritor Charles Lederer llega a la Paramount, convocado por Mankiewicz, y allí él va a presentarle a un equipo de ensueño de guionistas, varios de ellos reclutados por él mismo: George Kaufman y Sidney J Perelman (en esa época ambos van a trabajar para el cine de los hermanos Marx), los afamados Charles MacArthur y Ben Hecht –los de The Front Page (1931), por ejemplo- y su hermano menor Joseph Mankiewicz, que va primero a ser escritor de intertítulos, luego guionista (Skippy, 1931) y desde 1946 un enorme director. Puede que esos nombres digan poco o nada al espectador de cine de hoy, pero esos hombres fueron los autores de algunas de las mejores películas de la historia. Es un placer enorme verlos acá recibiendo el crédito que se merecen.

Sin embargo, esta no es una historia coral. Este es el relato de las motivaciones de Mankiewicz para escribir el guion de Ciudadano Kane. No sé exactamente en qué momento el guionista y Orson Welles se conocieron, pero Mankiewicz hacía los libretos del programa de radio del Mercury Theater –de Welles- y revisó el guion que este escribió para su frustrado proyecto The Smiler with a Knife en 1939. Su fama le precedía y Welles lo contrató para aprovechar su experiencia como escritor. “Con él se pone de acuerdo para que escriba la biografía de un magnate de la prensa imaginario. Sin embargo, la imaginación tiene sus limitaciones, puesto que el proyecto de guion toma como principal modelo inconfesado a William Randolph Hearst, propietario de periódicos y emisoras de radio, al que Mankiewicz conoce bien por haber formado parte del circulo de íntimos admitidos en su suntuosa mansión californiana de San Simeón” (3). Orson Welles necesitaba demostrarle urgentemente a la RKO que no se habían equivocado al contratarlo y darle absoluta libertad creativa, y Mankiewicz tenía la historia, la habilidad para escribirla y la actitud arrojada para hacerlo. Esto, sin embargo, no lo cuenta Mank. De esos antecedentes prescinde.

La película empieza en 1940, cuando Welles recluye a Mankiewicz (interpretado por Gary Oldman) en Victorville, un rancho a ciento cincuenta kilómetros al noreste de Los Ángeles, acompañado de una enfermera y de Rita Alexander (Lily Collins), una secretaría. Que permanezca sobrio será responsabilidad de John Houseman, el socio de Welles en el Mercury Theater. Orson Welles (Tom Burke) se queda en Los Ángeles organizando los preparativos del rodaje, una grabación discográfica de Macbeth y haciendo una gira de conferencias. El guionista va a estar ahí de marzo a mayo, y ya en abril Welles recibe una primera versión del guion, titulada “American” e inspirada en la vida de William Hearst. A partir de ahí empezarian las revisiones y reescrituras de Welles.

William Randolph Hearst (1863-1951) era en esos momentos uno de los hombres más adinerados e influyentes de Estados Unidos. Poseía un imperio periodístico nacional y había sido miembro de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos en dos periodos consecutivos por el partido demócrata. Pese a eso fracasó en sus intentos de lograr la alcaldía de Nueva York, la gobernación de ese estado y la nominación como candidato a la presidencia del país. Su vinculación al cine está directamente relacionada con su amante, la actriz Marion Davis, una antigua corista 34 años menor que él. Para favorecer su carrera fundó en 1918 una compañía productora, Cosmopolitan Pictures. Inicialmente Paramount distribuiría las películas de esa empresa, pero entre 1924 y 1934, la MGM distribuiría y coproduciría los filmes de Cosmopolitan. La amistad de Hearst con un hombre tan poderoso de Hollywood como Louis B. Mayer fue toda una alianza estratégica, que superó los límites del entretenimiento.

Ambos se unieron en una campaña de desprestigio contra el escritor y político socialista Upton Sinclair, que en sus libros había criticado y denunciado sus conductas personales y sus prácticas empresariales. Sinclair aspiraba la gobernación de California, pero Mayer y Hearst presionaron a sus empleados para hacer donaciones a la campaña del gobernador republicano Frank Merriam e hicieron una serie de filmes propagandísticos amañados que funcionaron como guerra sucia contra Sinclair, que perdió las elecciones de 1934. Herman Mankiewicz, asombrado, atestiguó todas estas maniobras.

El guion de Ciudadano Kane –una sátira sobre la vida y trayectoria de Hearst- puede verse como una forma de justicia poética, la única manera en que alguien como Mankiewicz podía denunciar unos hechos y ajustar cuentas con un hombre considerado intocable. Mank va una y otra vez atrás en el tiempo, cubriendo toda la década de los años treinta en un blanco y negro evocador, pero que no oculta el contraste entre las masas paupérrimas víctimas de la depresión económica, y la opulencia de los magnates de los grandes estudios de cine y de la extravagante mansión de Hearst, con zoológico propio incluido. La película es crítica frente a esa inequidad social y económica que pocos se atrevían a denunciar.

La decisión de Mankiewicz de caricaturizar la vida de Hearst –y colateralmente la de Marion Davies (a quien da vida Amanda Seyfried)- fue entonces moral. Además, sentía que ya nada tenía que perder. “Ninguno [de los guionistas] estaba más amargado y era más miserable y raro que Mank… un perfecto monumento a la autodestrucción” (4), comentaba Orson Welles. El neófito director se aprovechó de esa desazón para crear el escándalo perfecto que pusiera a todos a hablar de él y de su precoz talento. Lo que le pasara a Mankiewicz a futuro no era asunto suyo.

Así pues, Mank es la historia tras bambalinas de los motivos de un hombre para, desde la ficción, tomar el único desquite posible, el que brinda el arte. Y, además, reclamando para sí el mérito de haber tenido el valor de hacerlo. En la película, Louis B. Mayer alecciona a Joseph Mankiewicz sobre la naturaleza del cine diciéndole: “en este mundo el comprador no recibe nada por su dinero, salvo un recuerdo. Lo que compra sigue perteneciéndole a quien se lo vendió. Esa es la verdadera magia del cine”. Mank entonces no nos pertenece. Será siempre de Jack Fincher, un periodista que empezó a escribir este guion antes que su hijo David debutara como director con Alien 3 (1992), tras una exitosa carrera como director de videoclips. Fincher padre tomó como referencia la teoría de Pauline Kael en su ensayo Raising Kane, publicado en 1971, donde reivindica a Mankiewicz como autor del guion de Ciudadano Kane, minimizando los aportes de Welles al mismo, algo que la historia ya se ha encargado de aclarar.  Al fallecer en 2003, Fincher dejó varias versiones escritas de un proyecto que nadie quiso financiar, hasta ahora. Que exista Mank y que haya sido hecha con la rigurosidad formal con que él la soñó, es la mejor forma que David Fincher pudiera imaginar para darle las gracias.

Referencias:
1. Fernando Trueba, Diccionario de cine, Madrid, Plot ediciones, 2004, p. 138
2. Orson Welles y Peter Bogdanovich, Ciudadano Welles, Barcelona, Grijalbo, 1994, p. 92-93.
3. Jean-Pierre Berthomé, François Thomas, Orson Welles en acción, Madrid. Akal, 2007, p. 38
4. Orson Welles y Peter Bogdanovich, Op Cit, p. 93

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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