LA CUENTA REGRESIVA: NO MIREN ARRIBA, DE ADAM MCKAY

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LA CUENTA REGRESIVA- NO MIREN ARRIBA, DE ADAM MCKAY

Compadezco al director que pretenda hacer una película satírica: va a requerir necesariamente de un público cómplice que entienda sus intenciones y que se dé cuenta que no está ante un drama poco elaborado o ante una comedia quizá muy sofisticada, cuando en realidad no está frente a ninguno de estos géneros, sino atestiguando una burla finísima que toma elementos del drama y la comedia y los lleva al extremo de la agudeza, para desde ahí disparar flechas envenenadas sobre sus blancos. No es fácil hacer una sátira y es más difícil aún encontrar un público que capte sus sutilezas, su cohesión interna, sus ganas de desquitarse y denunciar.

Todo esto para decir que No miren arriba (Don’t Look Up, 2021) es, sencillamente, una demoledora sátira, que a su vez sirve como termómetro del grado de estupidez y banalidad que ha alcanzado la cultura occidental. La historia de un astrónomo y su pupila –una candidata a PhD- que descubren un gigantesco cometa en curso de colisión contra la Tierra, y que buscan a toda costa ser escuchados para salvar a la humanidad de un apocalipsis, se convierte en una feroz crítica contra el poder, la política, los intereses económicos privados, los medios de comunicación y las redes sociales. Una noticia como esta, que debía ser tomada en serio en toda su dimensión, se va desmoronando a medida que entran en juego los que quieren o necesitan sacar partido de ella, o los que se burlan de la situación, la desprecian o la desestiman. De repente, algo que debería movilizar todos los esfuerzos colectivos para impedir la catástrofe, se radicaliza y se pervierte.

Que en este proyecto estén involucrados -como actores- Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence, Cate Blanchett, Meryl Streep y Mark Rylance, acompañados de Timothée Chalamet, Jonah Hill y Ariana Grande, entre otros, habla de la confianza que tienen en su director, guionista y productor, Adam McKay, que ya ganó el Óscar por el guion adaptado de La gran apuesta (The Big Short, 2015), la primera película en la que dejó de lado su faceta de director de comedias de brocha gorda –a él le debemos Anchorman (2004), por ejemplo- para abrazar la sátira y la crítica política y económica. Son evidentes las intenciones que tiene en No miren arriba de denunciar y luego hacer trizas los círculos del poder que giran en Washington alrededor de la figura presidencial y sus relaciones con poderosísimos empresarios de tendencias mesiánicas. De igual manera quedan al descubierto las estrategias manipuladoras de los magazines televisivos en vivo, donde todo se frivoliza, incuso hasta la noticia de que ha llegado el fin del mundo. Tampoco iban a quedarse por fuera las redes sociales con su infinita estupidez y su capacidad de polarizar todas las opiniones.

Al mezclar estos elementos es posible que algunos dardos no hayan dado en el blanco o que ciertas situaciones se hayan salido de control con personajes caricaturizados al límite del esperpento, pero en general No miren arriba funciona y lo hace muy bien. Sus dos protagonistas, los astrónomos Randall Mindy (Leo DiCaprio) y Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence), no son exactamente héroes. Son personas con una formación académica que esperan encontrar receptividad a la alarma que han lanzado, pero que se estrellan de bruces contra la realidad: no hay voluntad política para evitar el apocalipsis planetario y van a primar las motivaciones económicas, ayudadas por la desinformación, la relativización de algo tan aparentemente incontrovertible y la radicalización ad nauseam de las opiniones públicas. Mientras todo esto pasa, el cometa sigue devorando los kilómetros que lo separan de este planeta.

Tanto Mindy como Dibiasky están perplejos, no pueden creer tanta insensatez, y hacen el duelo a su manera, no sin antes cada uno explotar de la impotencia ante las cámaras de televisión en dos momentos diferentes del filme, muy al estilo del icónico Howard Beale que Peter Finch nos regaló en esa obra maestra satírica que es Network (1976). Lo de ellos es un grito desesperado ante unos tele espectadores hipnotizados y anestesiados de consumir tanta basura en todas las pantallas que tienen a su alcance. Saben, por lo tanto, que su rabia no tendrá eco, que todo será olvidado en 24 horas, que ninguno de sus llamados a la acción va a trascender. Si algo nos enseñó Adam McKay en No miren arriba es que no necesitamos meteorito alguno para acabar con la civilización tal como la conocíamos: de eso nos estamos encargando acá con igual efectividad gracias a la manipulación de la clase política y al culto a la fama instantánea, a los influencers con pies de barro, a la trivialidad, al rating, a los seguidores y a los likes. Y a nadie parece importarle.

Por:  Juan Carlos González A. 

www.noticiasampm.com

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