“Odiar a Uribe” y “matar policías”

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Foto archivo

Al mejor estilo del filme “La lengua de las mariposas”, los niños beneficiarios del sistema público de educación son instrumentalizados por sus profesores.

Para los padres de Juan, el ingreso del niño de cinco años a la Institución Educativa Técnico Industrial Itida de Soledad, Atlántico, pasó de ser un sueño para convertirse en su peor pesadilla. Un día cualquiera, él empezó a maldecir y a utilizar palabras de grueso calibre para referirse a un tal Uribe. Su madre no atinaba a entender de quién se trataba, hasta que el niño señaló una imagen de Álvaro Uribe Vélez,  un “monstruo al que toda Colombia debería temer y odiar”. Una profesora de transición lo venía encarrilando en este discurso de odio, como sucedió hace ya tiempo en Bucaramanga.

A más de 1.250 kilómetros de distancia, un fenómeno similar viene ocurriendo con María F.,  familiar de mi esposa. Esta agraciada pequeña —que me dice “tío” sin serlo— ronda los cuatro años y vive en el barrio El Vallado, en el suroriente de Cali, muy cerca de Puerto Rellena, donde la autollamada “primera línea” instaló uno de los puntos de bloqueo de la capital vallecaucana. Mientras conversábamos con ella a través de una videollamada por WhatsApp y le preguntábamos la razón por la cual no había vuelto a la casa de su bisabuela en Mariano Ramos, su respuesta −espontánea, inocente y sincera, como la de cualquier niño− nos dejó atónitos: “no podía salir porque en la calle hay policías, ellos son malos y toca matarlos”.

También está el caso de Ángel, de 10 años, quien ayuda a su padre en la venta ambulante de limpiones en el barrio donde resido. Lo hace porque apenas recibe dos horas de clase virtual en el I. E. D. Jorge Soto del Corral, colegio de la localidad de Santafé, en el centro de Bogotá.  Durante la primera hora, su profesor —noten que no escribo “maestro” por la connotación de este vocablo— se dedica a hablar sobre el paro, esboza los porqué de la participación de los educadores en las marchas y concita a los estudiantes y padres de familia a hacer parte del “estallido social”. En la hora siguiente, recibe clases de español, historia, geografía, ciencias, matemáticas y otras materias, pero este proceso no obedece a un plan de estudios ajustado a su grado escolar.

Es tal el nivel de sofisticación y refinamiento de esta praxis aleccionadora, que los correos institucionales de los alumnos —creados para recibir clases virtuales durante la pandemia— son saturados con audios, videos y propaganda proparo (ver imágenes). Así parecen estilar los profesores del I. E. D. San José Norte, según quejas de padres de familia que no están conformes con dicho proceder en este colegio situado en la localidad capitalina de Engativá. 

Por ejemplo, algunos padres de familia denunciaron que la profesora de transición dio una charla a sus alumnos de 4 y 5 años sobre paros y huelgas, en tanto que su colega de cuarto grado, durante el cierre de una actividad sobre el valor de la vida —la cual, aseguran, había sido propuesta desde la Secretaría de Educación Distrital—, presentó a sus alumnos fotografías de choques entre manifestantes y el Esmad, utilizando como banda sonora un popurrí de música protesta. Ambas invitaron a alumnos y padres de familia a sumarse a este imparable “estallido social”, según ellas, “para dejarles un mejor país”.

Uno de los casos más aberrantes se está presentando en el I. E. D. Arborizadora Baja, en el barrio que lleva el mismo nombre, en Ciudad Bolívar, sur de Bogotá. Allí, los padres de familia  aseguran que sus hijos están siendo presionados para hacer tareas relacionadas con el paro, condicionando el valor de la nota a la afinidad del contenido presentado con la ideología de los docentes (ver imágenes).

Pero el hecho que reviste mayor gravedad tiene que ver con una reunión que programaron estos docentes con  los alumnos de primaria, actividad dirigida por dos adultos ajenos a la institución educativa y que en las imágenes que me suministraron aparecen con los ID “Pedro Arango”, al parecer directivo de la CUT,  y “Margarita Duarte”. En una de las ayudas utilizadas por los dos oradores se lee: “Necesitamos más “VANDALOS”  en la calle dispuestos a tumbar la reforma laboral y pensional. De lo contrario, los vándalos del congreso las aprueban” (ver imágenes).

Estos casos, y muchos más que quedan en el tintero, ilustran una problemática que está afectando a millones de infantes de nuestro país, quienes, en su proceso de formación escolar, están siendo adoctrinados por los responsables de guiarlos en las diferentes áreas del saber humano. Esta perversa instrumentalización de nuestros niños, niñas y adolescentes, es un hecho recurrente y sistemático desde hace varios lustros en los establecimientos de educación pública del país, si bien se presentan casos esporádicos en algunos colegios privados.

Los responsables de tamaño despropósito escudan su proceder en una malentendida libertad de cátedra. Sin importar que una clase verse sobre matemáticas, español, geografía, historia o cualesquier otra área del conocimiento humano, no faltan las diatribas y peroratas sobre la lucha clases, la inequidad del capitalismo, ese engendro del mal llamado oligarquía, la perversión de las políticas neoliberales y, a manera de tabla de salvación, las bondades de los regímenes socialistas y comunistas. Es tal su desfachatez, que, verbo y gracia, ponen de ejemplo la calidad de vida de países como Cuba, Nicaragua, Bolivia y Venezuela.

Para la Unesco, la libertad académica o de cátedra debe entenderse como aquella que “corresponde a los estudiantes y profesores para poder aprender, enseñar, investigar y divulgar el pensamiento, el arte y el conocimiento, sin sufrir presiones económicas, políticas o de otro tipo por ello”.  Ahora bien, mientras la educación apuesta por aportar los conocimientos necesarios para que el niño gane autonomía a partir de su propio desarrollo personal y aprendizaje, el adoctrinamiento anula su capacidad crítica, busca que repita la información que se le impone, lo desconecta de la realidad  y evita a toda costa que este conozca otras realidades e ideas.

En esa línea, las prácticas de los docentes colombianos agremiados en Fecode —algunas de las cuales desvelo en esta columna— no se corresponden con los principios de la libertad de cátedra y menos aún con la quintaesencia que ilumina la noble vocación de maestro. A mi juicio, merecen un examen a fondo de los entes de control, incluido MinEducación y las secretarías departamentales y municipales claro está, máxime cuando vienen acompañados de discursos de odio contra otros colombianos, al punto de convertirlos en sujetos blanco de acciones destructivas. Quizá esto explique ese odio enquistado de nuestra juventud contra símbolos de autoridad como la Policía.

Este tipo de adoctrinamiento quizá  se equipará con el ejercicio que adelantó el Tercer Reich con las llamadas Juventudes Hitlerianas, establecidas por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán entre 1926 y 1945. Asimismo, comparable con el caso de los “cachorros del califato”, denominación coloquial que el Estado Islámico dio a los niños que adoctrinó para cometer atentados terroristas suicidas con chalecos bomba en nombre de la yihad.

En este punto, preocupa el silencio cómplice de las ONG que dicen tutelar los derechos de nuestros niños, niñas y  adolescentes, así como la pasividad del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf), la Defensoría del Pueblo y las ramas legislativa y judicial. Todos fueron muy dinámicos y proactivos cuando el Ejército y la Policía y hasta la Cruz Roja Colombiana y la Defensa Civil, desarrollaron programas de cara a la niñez, acusando a las dos primeras instituciones de involucrar a los pequeños en el conflicto y a las otras de ponerlos en riesgos innecesarios. ¿Por qué su silencio en el caso de los docentes? ¿Acaso los profesores estatales, en su calidad de servidores públicos, no son sujetos de control disciplinario? 

Ante la ausencia de herramientas que pongan freno a esta estrategia de aleccionamiento de nuestra niñez y juventud, que se ha valido del poder de la educación, la conformación de veedurías escolares es quizá la última línea de defensa de nuestra sociedad. Pero hay un problema mayúsculo: no todos los padres de familia son conscientes de este soterrado adoctrinamiento o disponen de tiempo para mirar contenidos educativos que reciben sus hijos. Este vacío es redituable para los propósitos de Fecode. ¡Qué nadie lo dude!

Fuente La Silla Vacía

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